Siento el juego fácil y desinflado de palabras pero Rafael, en el concurso Expedición Imposible, hace honor a su apellido y se luce cual el protagonista más amargo de la citada gincana marroquí. Y es que el bailaor y coreógrafo lo pone a huevo, vamos. Escribo amargo como podría escribir –y lo hago– rencoroso. Incluso los rifirrafes entre las parejas formadas por Raquel Mosquera/Leticia Sabater y las hermanas Abradelo (Rommy/María), las pataletas y las pullitas tenían su punto, su gracia, su lógica sabiendo del carácter de la Leti, del rollo superación de la viuda de Pedro Carrasco y del “yo a mi rollo” cachondo y desenfadado de las Abradelo. Sin embargo, Amargo, como ya ha demostrado en sus numerosas salidas de tono en otros espacios, pronto destapó su verdadera cara frente a la audiencia.
Recapitulemos para comprender el comentario anterior. Rafael y su comadre de vicisitudes en el concurso, la que hoy es su ex mujer, Yolanda Jiménez, se estrena en el programa una vez que el resto de sus compañeros se han metido en las canillas un pedazo de etapa que parece sacada de la Iron Man. Tras tamaño tute, hasta los participantes indestructibles –sí, me refiero a la torera Cristina y a su esposo Alejandro, que parecen sacados de los Navy Seals– ponen, y con razón, cara de malas pulgas al ver que unos nuevos contendientes entran frescos al duelo. Raquel Sánchez-Silva ya avisa: que nadie se preocupe, en la próxima jornada a Rafael y Yolanda se les penalizará haciéndoles recorrer un buen trecho de kilómetros a pie, mientras el resto se dividirá en todoterrenos o en una desvencijada camioneta. Parece lo más justo, y con la euforia del estreno, Amargo dice aceptar lo que le echen.
A la mañana siguiente la cosa cambia, sobre todo cuando comentan al resto del equipo participante que si sus componentes quieren, sólo si se lo pide el cuerpo o la conciencia, podrán recoger en sus vehículos a Amargo y Jiménez una vez se los encuentren por el camino –ya que a ellos se les ha dado un plazo de ventaja para que tiren millas–. Como es lógico, la respuestas generales van de un “naranjas de la china” a un “nanai”; la mar de comprensible, más todavía si tenemos en cuenta que aquella primera etapa era por dunas, desierto, sendas totalmente desangeladas y muertas, mientras que a los dos nuevos ahora les toca caminar por una carreterita la mar de maja. Pues bien, al bailaor la cosa parece olerle a cuerno quemado; ni buena onda ni pepinillos en vinagre, ya que su cara torna en una mala leche de cuidado. Posteriormente, cuando se entera de que sus compañeros, así, en general –a excepción de unos pocos, entre los que están los que finalmente rescataron a estos ex, David y Daniel, los Das–, decidieron no hacer de samaritanos bondadosos y, como no, de tontos –que esto es un concurso, que aquí se compite para ganarse unos a otros, no lo olvidemos; para amistades estivales ya teníamos Verano Azul–, el Amargo monta en cólera y carga contra las primeras que se le ponen por delante: las Abradelo. Comienza así un vía crucis de mala baba y peor café, del putear por putear.
Desde ahí hasta el final del espacio de ayer, Rafael suelta la lengua dándoselas de auténtico deportista al que ya no le importa el dinero de la victoria, pues su meta ahora es demostrarles a todos los reunidos en Expedición Imposible –y las primeras, a las hermanas Rommy y María– que él puede esforzarse como el que más, que puede cubrir a pie la más dura etapa que le echen... Y todo ello lo afirma indignado mientras va descansando en un 4x4 de la organización pues, al ganar sin merecérselo el puesto premium de la jornada, en lugar de elegir enfrentarse entre la arena, el polvo y las piedras al resto de camaradas de aventura, decidió que se estaba mucho mejor recostado en unos mullidos asientos con cuatro ruedas. ¡Acabáramos! Amargo, majo, que se te tiene muy calado.
Mostrando entradas con la etiqueta Cuatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuatro. Mostrar todas las entradas
jueves, 31 de enero de 2013
miércoles, 12 de septiembre de 2012
La oscuridad y el espejo

Aunque la buena comedia me atrapa, el cine negro me encandila y los musicales me resultan casi siempre aprovechables –y, en ocasiones, hasta dignos de marco dorado–, la ciencia ficción y el terror han significado en mi vida de cinéfilo un punto y aparte. No sólo son culpables de tamañas filias los filmes de Steven Spielberg, Ridley Scott, James Cameron, David Cronenberg, Joe Dante o John Carpenter que en mi juventud devoré en la oscura sala del madrileño cine Juan de Austria; gran parte de culpa –fundamental– la tiene esa televisión que programaba reposiciones de añejas series, del Alfred Hitchcock Presenta, revisiones a la obra de Poe de la mano de la casa Hammer –Vincent Price, maestro de maestros de la interpretación elegante, señorial, misteriosa y de supino acongojo–. Entre tanto descubrimiento también me sorprendió hallar el entrañable serial Más Allá De Los Límites De La Realidad (The Twilight Zone), espacio que por aquellos días se encontraba en su revival cual homenaje a la primera iniciativa creada por Rod Serling y que se comenzó a emitir en los Estados Unidos en 1959. Este nuevo proyecto, que encontraría un tercer enviste en 2002, se desarrollo desde el 85 hasta 1989, siendo hijo de su tiempo en cuanto a lo que la sci fi venía a significar en la ya masticada age of plastic. Más Allá De Los Límites De La Realidad robaba tanto minutos de emisión en una parrilla de programación en ocasiones más que insulsa como horas de sueño a un chaval que se pasaba el desvelo rememorando tramas de otros mundos, de seres robóticos, de escalofriantes incógnitas.
Ahora que las series de género están triunfando por todo lo alto, que cada vez se acumula más imaginación en las apuestas y los guiones que nos llegan del otro lado del charco, incluso en un nuevo milenio que posee hasta su canal especializado para estas lindezas (SyFy), ya se echaba en falta un serial en el que cada nuevo capítulo resultase una historia estanca, una pequeña película de menos de una hora de duración cuyos escasos minutos no fuesen cortapisa para que la trama se tejiese a la perfección en la triada del planteamiento, nudo y desenlace. La británica Black Mirror ha llegado para llenar el hueco; bueno, de hecho ha llegado y se ha ido con gran rapidez. Casi cual tanteo del terreno, la idea de Charlie Brooker pareciese tentativa con la que medir las ganas que existen en 2012 por un producto de este tipo y la aceptación que podrían tener sus continuaciones –pues, sí, habrá segunda temporada–. Y subrayo lo de corta vida pues, en este lance de presentación, únicamente tres historias han colmado nuestros anhelos; pero, ¡menudas historias!
Tanto The National Anthem como The Entire History Of You y 15 Million Merits nos retrotraen a aquellos sueños del ayer por desconcertar al espectador, por cautivarle y hasta por hacerle pensar. ¿Hasta dónde puede llegar el arte como medio de expresión? ¿Puede la tecnología capturar todo lo que ve a diario nuestra retina? Y, si es así, ¿nos gustaría realmente revivir todos y cada uno de los instantes pasados? ¿Podrían ser los programas televisivos de talentos caldo de cultivo para un futuro mundo dictatorial? Signos de interrogación que se abren y cierran en apenas cuarenta minutos de emisión, magníficas muestras de valor ante el riesgo por parte de un creador que amasa con tacto esta necesaria triada, espacio cuyas emisiones originales en el Reino Unido datan de diciembre del año pasado. Y es que el padre de la inmejorable Dead Set no podía decepcionarnos.
Ahora que las series de género están triunfando por todo lo alto, que cada vez se acumula más imaginación en las apuestas y los guiones que nos llegan del otro lado del charco, incluso en un nuevo milenio que posee hasta su canal especializado para estas lindezas (SyFy), ya se echaba en falta un serial en el que cada nuevo capítulo resultase una historia estanca, una pequeña película de menos de una hora de duración cuyos escasos minutos no fuesen cortapisa para que la trama se tejiese a la perfección en la triada del planteamiento, nudo y desenlace. La británica Black Mirror ha llegado para llenar el hueco; bueno, de hecho ha llegado y se ha ido con gran rapidez. Casi cual tanteo del terreno, la idea de Charlie Brooker pareciese tentativa con la que medir las ganas que existen en 2012 por un producto de este tipo y la aceptación que podrían tener sus continuaciones –pues, sí, habrá segunda temporada–. Y subrayo lo de corta vida pues, en este lance de presentación, únicamente tres historias han colmado nuestros anhelos; pero, ¡menudas historias!
Tanto The National Anthem como The Entire History Of You y 15 Million Merits nos retrotraen a aquellos sueños del ayer por desconcertar al espectador, por cautivarle y hasta por hacerle pensar. ¿Hasta dónde puede llegar el arte como medio de expresión? ¿Puede la tecnología capturar todo lo que ve a diario nuestra retina? Y, si es así, ¿nos gustaría realmente revivir todos y cada uno de los instantes pasados? ¿Podrían ser los programas televisivos de talentos caldo de cultivo para un futuro mundo dictatorial? Signos de interrogación que se abren y cierran en apenas cuarenta minutos de emisión, magníficas muestras de valor ante el riesgo por parte de un creador que amasa con tacto esta necesaria triada, espacio cuyas emisiones originales en el Reino Unido datan de diciembre del año pasado. Y es que el padre de la inmejorable Dead Set no podía decepcionarnos.
por Sergio Guillén
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

